Si en nuestro encabezado se hace mención a una “apología” esto se debe a dos razones fundamentales: por un lado, asistimos a una crisis de la forma como disolución de la ley y del símbolo, y por otro, esta disolución refleja una crisis de la espiritualidad eclesial semejante a la que, en su momento, vivió Europa. La pregunta que nos anima es: ¿no es el destino de nuestra Iglesia similar a aquel que vivió en su momento la Iglesia europea?

Después del Concilio Vaticano II, la década de los 70 hizo una seria revisión de los “presupuestos” más arraigados en la sociedad. Tiempo de libertades, de experiencias nuevas y muchas veces marginales, pero sobre todo de deconstrucción de las formas y de los “formalismos”. En el ámbito eclesial, la institución hubo de redefinir sus prioridades y lo hizo en términos de un compromiso social y de una lucha convencida contra las estructuras injustas de los modelos de explotación del hombre por el hombre. Las esperanzas revolucionarias se multiplicaron dentro y fuera de la Iglesia y junto al Che Guevara y a Camilo Torres, la Iglesia teorizó el ímpetu liberador a través de la teología de la liberación y de los encuentros del CELAM, en particular con Puebla y con Medellín. Eximiéndome por ahora de un análisis más detallado, lo que me interesa subrayar es que de manera mucho menos evidente, junto con este proceso social necesario y valioso – que se acelera con la multiplicación de ONGs en los 80 – asistíamos a un proceso de des-formalización de la sociedad y con éste, la institución eclesial perdió, en cierta medida, su propia voz.


Se creyó que la manera de mantener vigente a la institución era haciendo de Jesús el prototipo humano del revolucionario insatisfecho e inconforme con las formas, es decir con las normas y la ley. “El espíritu antes que la ley” -como interpretación literalista (“formalista”) que algunos harían de San Pablo-, podría haberse vendido como slogan ideológico para defender el rol social de Jesús en su controversia contra la ley y la forma. Pero Jesús no fue ese revolucionario. Jesús explicó la inteligencia de la ley y de las formas; es decir, su reforma intentó rescatar lo más original de toda ley que, interpretada por su valor simbólico, la ley debe ser el vehículo de la misericordia de Dios. Enseñanza que desborda el ámbito exclusivamente confesional. No se trataba pues de una abolición de la forma, sino de un esfuerzo por poner en evidencia su función.

Los 70 han sufrido un gran revés: la consecuencia de la interpretación anti-formal de Jesús dio como resultado que nadie entendiera el lenguaje que los nuevos voceros del “Jesús revolucionario” querían vehicular. Si el presupuesto es que la Iglesia desgastó sus formas, lo cierto es que en el contexto del espíritu revolucionario que echó abajo las roídas fórmulas y formulaciones, no se hizo sino gestar, para las futuras generaciones -que no participaron del entusiasmo de los 70- un universo sin formas y sin la conciencia de la urgencia de una “re-construcción”.

Vitral de A. Winternitz, en la capilla del Colegio Santa Úrsula

Con la pérdida de su lenguaje original y que debía corresponderse con una dimensión espiritual, la Iglesia se sectorizó en una izquierda laicizante, aunque comprometida con una justicia social y en una derecha formalista desconectada de los procesos sociales y con tendencia a moralizar y a ejercer el asistencialismo. Ninguno de estos sectores querrá aceptar que son modalidades del mismo fenómeno de relativización de las formas, en particular de las dos formas que pensamos aquí: la ley y el símbolo. Una inadecuada relación con la forma hace que la Iglesia pierda su propio carácter simbólico y normativo. En el universo de las formas, la ley y el símbolo se necesitan. ¿No es acaso la ley la que hace de cada uno un individuo responsable frente al otro y, en este sentido, adulto con derecho propio? ¿Y hacer hermenéutica de la ley no significa que reconocemos en ella no solo su letra sino su valor simbólico, esto es, su sentido?

No puede defenderse el “formalismo” de la derecha, que sería reflejo de una falta de interacción con la historia; postura que ignora que la Iglesia es una institución histórica que critica y acompaña a los eventos humanos. Esta postura tiende a hacer de la ley una caricatura. Y nadie cree en una caricatura. Pero tampoco abogamos por una Iglesia laicizante que devendría una ONG sin identidad espiritual y que sólo sabe hacer excepciones a la ley sin tomarse el trabajo de sopesar cuál es su sentido. Entre el formalismo y la relativización de todas las formas debe haber un justo medio adaptado a las circunstancias. La forma y las formas no son superfluas; ellas exigen una ascesis, una disciplina. El lenguaje es el uso adecuado de las formas por eso, usar las formas no es el distintivo de una clase o de un estilo, sino el acceso a la sociabilidad y a la institución. Sin esas formas ¿cómo habría sociabilidad, y, en última instancia, cómo habría fraternidad institucional? Pero además, la Iglesia es diferente de una sola sociabilidad. Es una institución simbólica y que por ende se propone como acceso a Jesús en tanto norma que vehicula la misericordia. Alguien preguntará, acceso a qué Jesús: ¿al moralista, al revolucionario, al legalista, al subversivo, a un Jesús neutro y sin rostro? Y la respuesta no sorprenderá: acceso a un Jesús que no sea el producto de una ideología que busca justificar las acciones. Las ideologías en el seno de la Iglesia pretenden reemplazar el pensar y el ejercicio espiritual de discernir cada acción según las circunstancias. La derecha formalista y la izquierda laicizante han reemplazado la tarea de pensar la ley y el símbolo y se han desconectado en consecuencia de la primera obligación de la forma, a saber: el símbolo comunica la unidad de la Iglesia.

Si alguna vez tuvo forma nuestra Iglesia peruana y latinoamericana (eso supondría una investigación), la tarea actual que tiene la Iglesia es la de recuperar la misma. La forma, como ley y como símbolo, pueden permitir que la Iglesia siga teniendo su fuerza simbólica más allá de las disensiones. Más allá de todo moralismo, de todo autoritarismo y de todo socialismo, la ley y el símbolo – par indisociable – recuerdan la necesidad de una hermenéutica en la que Jesús no pierda ni su carácter normativo ni simbólico. A quienes hacen de la Iglesia una ONG se les debería recordar que, en efecto Jesús estuvo siempre contra la pobreza y por los pobres, pero los pobres son una dimensión dentro de un sector religioso simbólico mayor: el de la impureza. La ley es vehículo de la misericordia. Por esto mismo, el impuro -rico o pobre-, y que está fuera de la norma social y económica debe salir de la exclusión. Y a quienes se sirven de la autoridad para moralizar y así fragmentar el mundo entre malos y buenos, habría que recordarles que la función de la ley no es sancionar ni estigmatizar para tener un reducto de buenos en la tierra. La ley es vehículo de la misericordia por eso a quien por su acción se separa de la comunidad hay que enseñarle el valor pedagógico de la ley. Su valor pedagógico descansa en la posibilidad de hacer del hombre, todavía niño o adolescente, un adulto miembro del cuerpo.


Rafael Fernández Hart, S.J. Limeño. Filósofo. Hace el doctorado en Filosofía en el Centre Sevres de Paris.


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