En estos días volvemos a recordar la vida del Obispo-mártir de América: Oscar Romero. Quizás son muchos los motivos que podemos citar para mantener vivo su recuerdo. Pero uno se impone: su actualidad para anunciar la buena noticia del Reino de Dios y denunciar todo aquello que va en contra de la proximidad de ese Reino, que se traduce, entre otros, como la convivencia digna del género humano y el respeto a la creación. Monseñor Romero no ha perdido actualidad. Al contrario, desde su fidelidad a la Iglesia, supo trasmitir en voz alta la palabra de Dios, y solo la violencia del mal fue capaz de apagar esa voz. Es una actualidad digna de un fiel discípulo de Cristo. Dar la vida por los demás.

En estos días también, somos testigos de tantos motivos de denuncia y queda corto el espacio para enumerarlos. Todos vivimos o conocemos de cerca motivos de sufrimiento, de dolor y de muerte. Quisiera señalar dos que están en las primeras planas de los medios: El desastre acontecido en Japón el 11 de marzo, y la actual situación de guerra declarada en Libia. Siento de cerca el sufrimiento y la incertidumbre de amigos japoneses. Asimismo, somos parte de un ambiente de temor en Italia por el efecto migratorio de guerra que ya se vive en su frontera sur. Con estas situaciones y reconociendo la impronta de Romero en el desarrollo de su pueblo y la Iglesia, nos podemos preguntar: ¿Dónde está Dios en todo esto? Y justifico la pregunta a la luz del Concilio Vaticano II: “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS, 22).

1. La violencia de la naturaleza. Cuando observamos las imágenes de lo ocurrido en Japón, la única palabra que nos sostiene es el silencio. Contemplar con dolor el sufrimiento y la muerte de tantos y tantas inocentes. ¿Por qué? Sin embargo, estos días somos también testigos del coraje y tenor del pueblo japonés. Levantarse de la destrucción no es ajeno a ellos.

2. La violencia de las armas. En Libia encontramos otro escenario, pero las preguntas son muy similares a las anteriores. Adicionalmente, nos admiramos cuando se justifica este tipo de violencia por un “bien mayor” -la bandera de la unión de países potentes capaces de derrotar a una dictadura opresora. Arma frente a arma y, al centro, la misma realidad: sufrimiento y muerte. ¿Por qué?

Oscar Romero vivió en carne propia la violencia de las armas y las consecuencias del sufrimiento y la muerte. Y su búsqueda de Dios en esas circunstancias lo llevó a responder con la “violencia del amor” (27.11.77) porque era un hombre de Dios. Fue capaz de sentir en la más profunda experiencia del sufrimiento humano la presencia real de Dios. En este sentido, fue un místico. Lloró, acompañó y alegró la vida de millones de personas. Recibió el don de la palabra y la coherencia, y a través de ellas atrajo hacia Dios miles de vidas sufrientes, para que en encuentren en su Señor el consuelo y las fuerzas para volver a caminar. Esa fue su vida hasta el último respiro, buen pastor y custodio de la verdad de la fe y en absoluta fidelidad a la iglesia, “una, santa, católica… y sufriente” (29.95.77), como ha sido desde sus orígenes la Iglesia de Cristo, “soy trigo de Dios y soy molido por los dientes de las fieras para mostrarme como pan puro de Cristo” (Ignacio de Antioquía. Obispo-mártir del siglo I. Carta a los Romanos 4,1).

Romero, Japón, Libia,… el sufrimiento y la muerte no son la última palabra. Existe una Palabra, una Verdad, que se inserta en la diversidad cultural de este mundo y habla en cada idioma. Una palabra que se deja entender cuando se experimenta el límite del sufrimiento humano. Sin embargo, y éste es el ejemplo de Romero, son necesarios mujeres y hombres que hagan más creíble y evidente esta presencia, gente que alce la voz y se comprometa una vez más a caminar hacia esa comunidad humana que niega la violencia y se solidariza frente al dolor. Comunidad que viva abierta a la esperanza de un mundo digno de haber sido creado por las manos de Dios, espejo del Reino que vendrá.

Juan Bytton, S.J.
Licenciado en Economía. Estudiante de teología en la Pontificia Universidad Gregoriana (Roma)

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