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Abriendo el surco a la semilla de la Esperanza

Por: Marcelo Mejía, SJ
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El 2016 ha concluido y somos conscientes de que deja tras sí una oscura estela y el sinsabor de la crisis en la que nos vemos sumergidos como sociedad. Las dificultades de ésta para equilibrarse y ordenarse, en búsqueda de construir un modelo diferente, se palpa en la cotidianidad. La presión ejercida sobre la sociedad, aplicada sobre ella por sus propios miembros en diversos niveles de convivencia, la ha imposibilitado de generar un adecuado proceso de catarsis, que reordene los ánimos y los lleve a buscar nuevas oportunidades en la construcción de un proyecto común.

La crisis económica, social, política que hemos venido viviendo en este último tiempo termina integrada en una crisis humana ante la cual únicamente mostramos una insensible respuesta. Desarrollamos, en actitudes como la indiferencia, la justificación simple, el individualismo, mecanismos de defensa que nos eviten ir más allá de la burbuja de confort en la que decidimos encerrarnos. Nos volvemos indolentes ante una realidad rasgada, lastimada, suplicante. Observamos el sufrimiento del otro como si de algo cotidiano y normal se tratara. Ver morir a un niño por inanición, a un anciano fatigado bajo el sol, e inadvertir estas situaciones, nos hace reconocer la atrocidad de nuestras actitudes en la cotidianidad. El mundo está herido, la sociedad flagelada por quienes la integran; las masas siguen humillándose por alcanzar alguna mejora a su actual situación.

Todo lo anterior nos conduce a mirar la realidad desde una perspectiva fatalista, una posición cuya única respuesta termina siendo estática e imposibilitada de sugerir un cambio real. Ese es el error más complejo que podemos llegar a cometer, seguir observando la realidad sin rastros de esperanza, como lo señala Dante en su obra magistral, La Comedia, al describir la entrada al averno.

La única respuesta coherente, o por lo menos la que pareciera más adecuada ante la realidad, consiste en confrontar estos acontecimientos con una idea cargada de esperanza. La esperanza puede convertirse en un verdadero antídoto contra la situación actual. En muchos sentidos, la esperanza es, como decía san Justino en sus Apologías, “…la semilla del Verbo oculta (en el hombre)…”; así, al descubrirla, podemos decir que es el hombre – o la sociedad, entendiéndolo como ente colectivo – el único capaz de permitirla germinar en su interior. Es tarea del hombre comprender esta realidad, reconocer que él es la tierra fértil en la que la semilla de la esperanza se entierra buscando crecer.

Lo más importante, para reconocer la magnitud de este acontecimiento, es ser conscientes de nuestra capacidad de resiliencia, entendida como oportunidad de recreación, de progresivo dinamismo social, por el cual se reduce la distancia entre el discurso y la praxis, como señala Freire. Este año que inicia debe convertirse en una verdadera oportunidad para reconocer que la esperanza puede seguir germinando en el corazón del hombre. La oportunidad que se nos brinda para ordenar los acontecimientos que se dan en la cotidianidad implica que sepamos reconocer la presencia de la semilla de la esperanza en el corazón del hombre y la sociedad.

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M
arcelo Mejía Chávez, SJ
Estudiante de Humanidades – Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
Equipo de pastoral – Parroquia La Virgen de Nazareth, El Agustino.

 

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