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El drama de ser «extranjero» en un mundo «sin fronteras»


La inmigración en un mundo globalizado

Para el ser humano del siglo XXI hablar de globalización es un tópico común. Es que la globalización es un logro del hombre contemporáneo ? Según algunos historiadores, como Serge Gruzinski1 esta realidad no les era ajena a los europeos de fines del siglo XVI. Felipe II de España no heredó de su padre Carlos V el título de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, pero en cambio se hizo con todos los territorios de ultramar conquistados por los navegantes españoles y portugueses de su tiempo al anexar a su corona el Reino de Portugal. Fue entonces que empezó verdaderamente a vivirse un tiempo de globalización. Territorios tan lejanos entre sí como los de Asia, América Latina y Africa formaron parte de un mismo Imperio, estableciendo así vínculos comerciales, económicos y sociales. « En México, Lima, Salvador de Bahía, Manila, Goa y en Luanda, funcionarios, soldados, religiosos y comerciantes trabajaban mano a mano para extender la dominación española sobre lo que entonces se conocía como las cuatro partes del mundo »2.

En este vasto territorio sobre el que nunca se ponía el sol, se establecieron las primeras grandes redes mundiales encabezadas por los banqueros italianos, los negociantes judíos y los jesuitas3. La Compañía de Jesús nacida en 1540 gozaba a fines del siglo XVI ya de gran prestigio y el número de sus miembros crecía ostensiblemente. Uno de los personajes más importantes y más influyentes de la naciente Compañía fue Jerónimo Nadal4. Es a este jesuita cercano a Ignacio de Loyola a quien pertenecen algunas de las frases más significativas y que han marcado la espiritualidad de los jesuitas a lo largo de la historia como aquella de « Contemplativos en la acción » que según señala Peter Hans Kolvenbach, SJ, actual Superior General de los Jesuitas, aparece una sola vez en sus escritos. « Gracias a Nadal, la letra y el espíritu de las Constituciones se difundieron entre las primeras generaciones de jesuitas, frecuentemente con ayuda de expresiones lapidarias como « nosotros no somos monjes » o « el mundo es nuestra casa »5.


La frase « El Mundo es Nuestra Casa » fue utilizada por Nadal para explicar a los jesuitas europeos en qué consistía el modo de proceder de los jesuitas. El fue quien interpretó y comentó el texto de las Constituciones que Ignacio de Loyola escribía en Roma al mismo tiempo que gobernaba los destinos de la Compañía de Jesús. « El Mundo es Nuestra Casa» nos habla del mundo como nu
estro hogar, un lugar donde estamos invitados a habitar, en el que estamos llamados a compartir el espacio con otros. Podemos incluso establecer una relación entre esta frase y aquella que le permite a Marshall MacLuhan representar la revolución del mundo de las comunicaciones vivida durante el siglo XX y que se refiere al mundo como una « aldea global ». El avance de la comunicación y la tecnología en nuestros días nos permite estar interconectados desde distintos puntos del planeta en tiempo real. Podemos saber lo que pasa en todos los rincones del mundo al momento preciso en que los hechos se están produciendo. El Internet, el correo electrónico, el messenger, el skype, la telefonía celular, la televisión por cable o por satélite, la fibra óptica, nos permiten estar permanentemente intercomunicados. El mundo hoy parece no tener fronteras. Tenemos acceso a todo… o mejor dicho, a casi todo.


Pero quizás hablar de un mundo sin fronteras sea utópico. Ya que en estos mismos instantes –para hablar en términos de tiempo real- el gobierno de los Estados Unidos sigue empeñado en construir el Gran Muro que los separará del sur del continente americano. Pese a que 35 millones de sus habitantes son de origen latino6, los Estados Unidos marcan distancia de su « patio trasero ». El mensaje es claro : no más inmigrantes latinos. Y la Unión Europea no está lejos de la misma situación al establecer cada vez más obstáculos para que los extranjeros provenientes de países del tercer mundo puedan ingresar a su territorio.


El premio Nobel de literatura, Albert Camus nació en Argelia, aunque de origen francés. Y pese a que vivió durante mucho tiempo en el Hexágono7, siempre se sintió un extranjero. Esta sensación que lo acompañaría hasta el fin de sus días está bien expresada en su novela intitulada « El Extranjero », en la que el personaje principal vive en constante y permanente desarraigo de todo lo que está a su alrededor. Allá donde va, allí donde está, con quien esté, con quien hable, o con quien interactúe, siempre tiene la misma sensación de desarraigo. Su existencia es un absurdo. El dram
a de su vida es sentirse, siempre y en todo lugar, un « extranjero ».


Esa misma sensación de desarraigo es la que viven millones de personas en el mundo entero. Según Jan Stuyt, director del Servicio Jesuita de Refugiados Europa, más de tres millones de personas están en situación de inmigrantes sin documentos en el Viejo Mundo. « No hay estadísticas exactas porque los estados europeos ocultan información, como si no pasara nada. Pero hay entre tres y siete millones de « sin papeles » provenientes de Africa, Asia y América Latina, sin contar con los miles que mueren frente a las costas de España y Grecia o tratando de cruzar la montaña en Rumania »8.


Ser extranjero parece ser hoy un estigma en Europa, más aún si además de ser extranjero, se tiene la mala suerte de no tener la piel blanca, y peor aún si la fe que se profesa es la musulmana, debido a la relación que se establece en Europa entre el Islam y los actos de violencia terroristas en el Próximo Oriente. Pese a que Alemania es el país más desarrollado de la Europa continental y que el Reino Unido mantiene una gran influencia en el movimiento económico mundial ; la movida cultural e intelectual europea todavía está en París. Aquí se congregan personas provenientes del mundo entero. Están los turistas que vienen a visitar los museos, palacios e iglesias, mudos testigos de un glorioso pasado. Están los estudiantes que vienen a formarse en las todavía prestigiosas facultades parisinas, venidas a menos en comparaci
ón con sus similares en América del Norte, verdaderos núcleos de la reflexión intelectual en la actualidad. Y están los inmigrantes, que son la gran mayoría de extranjeros en suelo europeo, aquellos que vienen a buscar trabajo, que sueñan con un futuro distinto para sus hijos, lejos de la pobreza o de la violencia de sus países de origen.


Pero la vida en Francia para estos inmigrantes no es fácil. El parlamento francés viene de aprobar la Ley que obliga a todo aquel extranjero que solicite reagrupación familiar pasar junto a sus familiares por la prueba del ADN. El gobierno aseguró que la iniciativa permitirá acelerar los trámites para que los extranjeros puedan venirse a vivir con sus familiares, pero los críticos advirtieron que la medida es discriminatoria y peligrosa. También se ha establecido una lista de trabajos –aquellos que los propios franceses rechazan- que necesitan ser cubiertos con mano de obra extranjera9, en la que los críticos también encuentran una fuerte carga discriminatoria.


Pero más allá de las leyes, el hecho de estar en París (o en cualquier otro punto de Francia, especialmente la zona este, poco acostumbrada a lidiar con extranjeros) es una verdadera odisea, tanto para encontrar trabajo o alojamiento. Hace unos días un jesuita francés tuvo que interceder para que una casa de huéspedes reciba a una joven de origen africano a la que días antes le habían negado alojamiento por el hecho de ser negra, a pesar que ella solo se encuentra de pasada en Francia ya que estudia un master de alto nivel en una universidad alemana. Pero eso era lo de menos, el problema para negarle el hospedaje era el color de su piel.


Este mundo globalizado, intercomunicado, multicultural, donde se supone que estamos en nuestra casa –la Unión Europea y los europeos mismos presumen de tener sus fronteras abiertas a diferencia de otros lugares del planeta- es un lugar donde hoy más que nunca cualquiera se puede sentir como los personajes de Camus, verdaderos extranjeros, más aún si no se es blanco, ni cristiano ni bilingüe. Es como si se pasara del sueño de Nadal, en el que se podría aspirar a sentirse verdadero ciudadano del mundo ; a la pesadilla de Camus, en la que se vaya donde se vaya, se es siempre extranjero.

París, 11 de noviembre 2007


Víctor-Hugo Miranda, S.J. (Teólogo). Limeño. Comunicador. Estudia Teología en el Centre Sevres de Paris.

1. GRUZINSKI Serge, « Un mondialisation venue d’Espagne » dans la Revue L’Histoire. N° 322, juillet – août 2007.
2. Ibid. p. 29.
3. Ibid. p. 30.
4. La Compañía de Jesús celebra este año los 500 años de su nacimiento.
5. KOLVENBACH, Peter Hans, « Carta por el Quinto Centenario del nacimiento del P. Jerónimo Nadal », setiembre 2007.
6. ROUQUIE, Alain, «
La Chasse gardée des Etats-Unis ? » dans la Revue L’Histoire. N° 322, juillet – août 2007.
7. La Francia continental ya que algunos territorios en Africa y América son también considerados parte de Francia.
8. Conferencia en la Comunidad Jesuita de Blomet, Paris. Noviembre 2007.
9.Reportaje publicado en el diario francés « Liberación », 19 octubre 2007.

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