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Una fe razonada es una fe para la vida.

Por José Luis Valle, SJ | Aprox. 5 min. de lectura. 

Hace casi un mes, un lunes 14 de agosto iniciaba mi primera clase de teología en la UARM, era una mañana típica en Lima: nublada y fría. Durante el camino a la universidad pensaba en los momentos más representativos de mi vida en relación al conocimiento de Dios, instantáneamente recordé la imagen de mis padres enseñándome la señal de la cruz, la fórmula de los votos y de aquellas personas que me han acompañado espiritualmente.  Llegaba a clases con muchas expectativas, dispuse toda mi atención a las primeras palabras del profesor. Él inició su discurso sobre la fe, y aclaró, “iniciaremos el curso hablando de la fe humana.” Me llamó la atención la expresión “fe humana”, pues la verdad yo iba preparado para conocer de Dios, pero, la ¿fe humana? ¿Qué es? ¿Qué se sabe de ella? ¿Es para la vida?

Este hecho me llevó a volver a revisar un libro escrito por varios jesuitas titulado: “Creer o no creer. La fe en tiempos de transición” Rafael Fernández SJ señala: “Creer no es exactamente lo mismo que tener fe… La fe no se refiere necesariamente a una confesión religiosa. A decir verdad, la fe manifiesta una relación de confianza, y por lo tanto, se entiende como la actitud de confianza.”1 El creer se expresa “por un contenido cristalizado en un credo… Para decirlo en una sola palabra, la creencia es un momento posterior al de la fe.”2 Si bien “creer” comporta una experiencia y un contenido propio de la “fe”, y de hecho, como señala Fernández, “usamos estas expresiones como sinónimos y esto se debe a que la fe es condición ineludible de creer,”3 sin embargo, para una mejor comprensión, es necesario diferenciarlas. La fe de la persona humana invita a tener una actitud de confianza frente a la vida; la fe religiosa invita a creer y profesar un credo. Quisiera desarrollar la idea de fe a partir de la condición humana.

La fe integrada a la vida nos revela horizontes, como la actitud de confiar en nuestras propias habilidades para crear, nuestra capacidad de trasmitir valores, plasmar proyectos y buscar nuevas formas de transformación de la realidad, de ahí que la fe personal se vuelva “sentido y orientación”4 para nuestras decisiones. La fe que depositamos en nuestras capacidades se torna decisiva para justificar nuestra manera de vivir. En gran medida la cultura aporta a la orientación, pero el sentido teológico (los fines) lo pone la fe humana. Pero ¿por qué es necesaria esta reflexión? Para crecer en fe junto a nuestra familia, amigos, amigas, junto a nuestra comunidad… En esta dinámica intersubjetiva, la fe humana está abierta a la posibilidad de confiar en los demás, y reconocer que esta dimensión es constitutiva de nuestro ser.

Pero hay circunstancias en la vida por las que nos volvemos extraños a la fe, simplemente la separamos de nuestra condición humana. La influencia de nuestros prejuicios morales, religiosos y sociales pesan más a la hora de valorarla, y en ocasiones, con falsas razones argumentadas, la separamos de nuestros estudios, trabajo y relaciones… Cuando es allí ¡que más sentido tiene! Por otro lado, quizás es necesario pasar por un estado de incredulidad para que posteriormente nos demos cuenta de su valor.

Es conocida la frase: “ya no se sabe en quien confiar.” Esta idea parece haberse impregnado en la mayoría de los limeños. En una ocasión, con jóvenes de la pastoral conversamos sobre el miedo a salir a la calle y el temor de ser asaltados o asaltadas ¿Cómo es posible reflexionar sobre la confianza en uno mismo y en los demás si vivimos en medio de una sociedad violenta? Recuperar la confianza se vuelve una tarea muy difícil, con mayor razón cuando escuchamos casos de corrupción, estafas… Pienso que razonar sobre la fe hecha vida ya es un paso para el desarrollo social. Nos viene bien recordar la parábola del buen samaritano, la decisión de éste contiene la respuesta a la incertidumbre individual y social. Fue capaz de abrir su corazón, sanar las heridas y de reincorporar a la comunidad a aquel hombre abatido por la injusticia. Podemos decir que de este modo la dignidad se recupera en la cooperación sincera de los corazones comprometidos que buscan transformar la realidad. Pero para este paso es necesario tomar conciencia de que “la persona humana es más que sí misma, más que su sentir, su dolor y su muerte.”5

Pienso que lo que se opone a una fe razonada es la superficialidad. Vivimos en un mundo acelerado e instantáneo, que nos sugiere cambios inmediatos; mientras estamos aprendiendo a usar un nuevo software o nuestro smartphone, sale una nueva tendencia de PCs con sofisticados programas, o una nueva línea de celulares. Nos hacen creer en la necesidad de estar constantemente actualizados. Cada novedad no da el tiempo suficiente para profundizar en nuestras decisiones en torno a ellas; como dicen los algunos sociólogos, queda aprender a surfear en la nueva ola globalizadora. Pero la trampa de esto está en la posibilidad de quedarnos en las apariencias. Corremos el riesgo de perder nuestra identidad para quedarnos con una identidad flexible y superficial; a este fenómeno social, Zygmunt Bauman lo llamó “modernidad líquida” 6. Esta realidad puede atentar contra la constitución del ser humano, puesto que éste puede perder el sentido no solo de su vida, sino de la vida social en nuestro país, el sentido de la institucionalidad. La ola de imágenes que recibimos nos pueden enseñar mucho, el problema surge cuando nos quedamos en ellas y siendo aparentes las tomamos como fundantes para nuestras decisiones. Y el ser humano, la familia, todas nuestras relaciones humanas, son mucho más que un simple cúmulo de apariencias.

En medio de estos tiempos tan cambiantes e inciertos, y, para algunas geografías, llenos de violencia, debemos ser capaces de profundizar en esta dimensión de la fe humana que nos invita a ser audaces.


José Luis Valle Paguay, SJ

Estudiante de Humanidades – Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
Equipo de Pastoral – Universidad del Pacífico.

 

Referencias:

1Bendezú, J., Fernández, R.,Klaiber, J.,Piedra, J., Regan, J.,Roca, F., Schmidt, E., Vásquez, E. (2015). Creer o no creer. La fe en tiempos de transición. Lima. Fondo Editorial UARM. p. 21,21,23.
2 Ibid.
3 Ibid.
4Simons, A. (2013). Ser humano. Ensayo de antropología filosófica. Lima. PUCP
5Rodríguez, A. (2012). LA PERSONA HUMANA ES MÁS QUE SÍ MISMA. Más que su sentir, su dolor y su muerte. Loja. EdilLoja. p. 19-21.
Bauman, Z. Modernidad Líquida. Ciudad de México. Fondo de Cultura Económica. 2017

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