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La huella universal de Francisco Javier

Por: Juan Carlos Colala, SJ | Tiempo de lectura 4 min. aprox.

Con el ánimo de ir tras la estela espiritual y cultural que nos legó Javier, nos es posible continuar bebiendo lo que este santo inició en Europa, —el continente que hoy se esfuerza como unión política en tender lazos  de cooperación a través del diálogo y del intercambio cultural con países de todo el mundo—, dejandonos la ruta marcada estando él ya a puertas  de China. Sin duda, su audacia frente a lo que aparece como imposible nos inspira aún hoy, arrojándonos a un sinfín de oportunidades que Dios nos ofrece, no sin dificultades ni incertidumbres, pero que con mucha  vitalidad podemos hacer posible lo imposible, y esto con la gracia de Dios.

¿Qué esperar cuando el panorama es incierto?

Quizás es una pregunta que nos sugiere la propia búsqueda de opciones, de respuestas o de personas que reconocemos cercanas a nuestras historias y contextos propios. En su tiempo, Francisco Javier pudo perfectamente formularse esta interrogante, allá cuando al término de cada día buscaba un lugar donde pasar la noche y para dejarse encontrar por su amado Señor. Ahora nosotros podemos, desde lo más profundo de nuestros deseos, asumir los nuevos e inciertos desafíos que la misma sociedad nos presenta y que, lo sabemos, no podemos evadir así sin más.

Fotografía final del Coloquio Juvenil Ignaciano.

Y con la clara intención de responder a estos desafíos, entre los días 26 al 29 de octubre se llevó a cabo el Coloquio Juvenil Ignaciano 2017, en el que participaron cerca de 300 jóvenes integrantes de los distintos grupos de la Pastoral Juvenil Jesuita en el Perú. La temática principal del encuentro giró en torno al lema que nos acompaña este año, “La audacia de lo imposible”. A partir de este se obtuvo un documento que será derivado para ser tratado en el próximo Sínodo de los Obispos y, además, se trabajó el documento de “la audacia de lo imposible”, presentado por la Comisión de la Pastoral Juvenil de la Compañía de Jesús en el Perú.

Todo ello fue el punto de partida para que cada joven encontrara, en su propia historia y en la de los demás, aquellos elementos o experiencias que le ayudasen a tomar consciencia de su papel real en la sociedad y a desear apostar por aquello que para cada uno de nosotros puede llegar a significar lo fundamental de una sociedad más justa y solidaria, de una sociedad que necesita de muestras de ternura y de esperanza, en definitiva que necesita de Dios padre y madre al mismo tiempo.

Algo que quisiera resaltar de este encuentro es la realización de actividades en las que el uso de las tecnologías no fue lo principal, sino la vivencia del encuentro cara a cara, del compartir la vida en gratuidad y del compartir sueños y metas que hasta entonces todos tenemos en común. En ese sentido, la primera noche del encuentro ayudó como escenario para la “Oración de la luz”, una oración en la que la naturaleza nocturna nos introdujo muy profundamente en la mística del momento, y en la que el fuego, justo en el centro de todo, nos inundó del espíritu absoluto de Dios. Los cantos, las oraciones, las reflexiones y las peticiones hicieron de aliento suave y persistente, de manera que cada quien pudo tener la oportunidad de sentir y gustar lo que quizás san Francisco Javier experimentó en su corazón, mientras se acercaba a tantas gentes e historias tan diversas entre sí.

Oración de la Luz.

Déjenme decirles que esta audacia que nos legó Javier la podemos descubrir en cada uno de nosotros; esto es perfectamente posible. La cuestión es si nos atrevemos a salir de nuestras zonas de confort. Creo firmemente que con un poco de creatividad, buen ánimo y generosidad se puede llegar a experimentar aquel MAGIS que Javier experimentó en su alma y corazón. Y esto se pudo corroborar durante las actividades realizadas en distintas calles de la ciudad, en la que cada joven debió superarse a sí mismo para encontrarse cara a cara con los completamente “otros”, tal como lo hizo san Francisco Javier, allá cuando visitaba cada cultura e historia.

No cabe duda, entonces, que cada joven tiene un rol muy importante en la sociedad actual. Este rol es de carácter activo, creativo, esperanzador; en definitiva, audaz, puesto que todo lo que cada quien haga o comunique, puede orientar y persuadir a otros a sumarse a esta apuesta por la construcción de un mundo mejor. Y es aquí donde la Iglesia, en su deseo de animarnos a generar espacios de encuentro y de compromiso, nos invita personal y directamente a asumir nuestro rol con responsabilidad y confianza en que Dios nos acompaña y alimenta en todo momento y circunstancia. La iglesia sabe perfectamente que hoy más que nunca debemos atender aquellas brechas que nos esclavizan y torturan a diario, al saber que cada quien que está de nuestra parte puede sumar un “granito de arena” para hacer de este mundo cada vez un mundo mejor para todos.

Una cosa más. No podemos hablar de audacia si esta no va acompañada de la alegría. Por supuesto, se trata de una alegría que se alimenta y se comparte a la luz del Evangelio y que se reconoce en aquellos detalles que nos dicen que Dios está presente y que está actuando en nuestras propias vidas; por tanto, no es una alegría ficticia ni pasajera. Esta alegría se dejó sentir también en la Pampa-mesa, en la noche cultural, en la Gymkana y en la misa final, y con toda sinceridad puedo decir que aún ahora, cuando ya ha pasado una semana, sigo saboreando lo vivido en esos días de encuentro, por lo cual agradezco a nuestro buen Dios y a los que hicieron posible todo esto.

Animémonos a no desmayar si el “panorama” continúa incierto. Si san Francisco Javier lo hizo, entonces ¿qué nos falta a nosotros para tomar la iniciativa? ¿Qué nos impide hacernos cargo de lo que aparece ante nuestros sentidos como “imposible”? Finalmente, ¿qué parte o rol le dejamos a Dios en todo esto? Que nuestro buen Dios nos siga animando y bendiciendo en nuestro caminar particular y comunitario, de modo que hagamos de la audacia un estilo de vida capaz de superar lo imposible. AMDG.

 

Juan Carlos Colala Brito, SJ.
Profesor  en el Colegio San José.
Colabora en la Plataforma Apostólica de Arequipa.

 

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