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¿Qué pasó con la Navidad?

Por Frank Gutierrez Blas, SJ | Aprox. 5 min. de lectura.

La Navidad es un tiempo que siempre me ha llevado a recuerdos felices con la familia: el armar el nacimiento y el árbol en la sala de la casa, las cenas que mamá preparaba con tanto cariño, las expectativas para que lleguen las 12, poner al niño en el pesebre y abrir los regalos con los villancicos de música de fondo. Recuerdos de una niñez y adolescencia en la que podrían faltar algunas cosas, pero nunca el amor, el abrazo, las risas y la rica comida. Navidad es el tiempo para acoger al niño Dios en nuestros corazones, solía decir mi papá, mientras que mamá nos decía que no nos olvidáramos de pedirle a Diosito que cuidara de nuestra familia. Luego de las 12 vendrían los saludos y celebraciones en casa del abuelo, recibir regalos de los tíos y ponernos a jugar con la veintena de primos destrozando la casa del abuelo o tomarnos nuestros primeros tragos adolescentes a escondidas de las miradas de las mamás. Eso era la Navidad, un tiempo de celebración y mucha alegría que, al recordarlo ahora de adulto y al escribir sobre ello, me produce una sonrisa, pero también cierta nostalgia de tiempos pasados y mejores.

Me pregunto ahora, ¿Qué pasó con ese “espíritu navideño” que entusiasmó mi niñez y que hoy parece perder su vitalidad para quedarse como un recuerdo grato? Ciertamente tuve mi época de comprar regalos a los sobrinos (los nuevos niños) y ver sus sonrisas me hacía sentir contento… pero no era la misma felicidad. Hubo algo que se fue perdiendo en mi interior y ocurría de manera silenciosa, constante y sin que me diera cuenta de ello … hasta que en una de las navidades algo captó severamente mi atención y me dejó cierto sabor amargo en la boca. Era una noche navideña llena de familiares que se juntaron a celebrar la Nochebuena, en la que padres esforzados no escatimaron en darle los mejores obsequios a sus hijos. Fue un desfile interminable de regalo tras regalo, camiones, motos, muñecas, ropa para todo el año … cada obsequio más caro y grande que el anterior. De repente parecía como si la Navidad fuera un show, una competencia para ver quién de los papás compraba el mejor regalo y los niños ya no sabían qué hacer con todos los obsequios recibidos, pues ciertamente eran demasiados. Fue un “exceso de abundancia” que me hartó y me cuestionó sobre el mensaje que le dábamos a los pequeños en esta fecha y sobre lo que significaba la Navidad para nosotros, los adultos.

¿Dónde quedó esa dulce espera del Niño Jesús que viene a nuestro interior y al cual le pedimos por nuestros seres más queridos? La alegría por poner al Niño en el pesebre y rezar juntos un rato fue cediendo paso al “¿A qué hora abrimos los regalos?”, “Hay que comer rápido porque de otro modo los niños se van a quedar dormidos y no vamos a poder abrir todos sus regalos” y expresiones similares. De alguna manera pareciera que fuimos eliminando a Dios de la Navidad para convertirnos nosotros mismos en dioses. Ya no había que pedirle nada al Niño Dios porque nosotros podemos obtener lo que necesitamos y queremos con nuestro propio esfuerzo y dedicación. Y la sonrisa de los niños lo demuestra. Ellos tienen ahora más de lo que tuvimos nosotros de niños, y por ello han de ser más felices, ¿cierto?

No voy a intentar dar una respuesta sobre cómo experimentan la Navidad los niños de hoy, pero sí me atrevo a sugerir una sobre los adultos, al menos sobre algunos de nosotros. ¿Puede haber ocurrido que el hecho de crecer, el dejar de ser niños, nos condujo por un proceso en el que había de dejar de creer en historias y personajes de cuentos y ello nos llevó también a dejar de creer en la Navidad? ¿Es la Navidad quizá un cuento bonito para niños que como adultos nos toca ahora repetirlo para los nuevos niños, pero ya no creemos en ella? ¿Tal vez tratamos de ser nosotros ahora los todopoderosos, los dioses que producimos el milagro de la Navidad puesto que al fin y al cabo el Niño Jesús no provoca el milagro, pues es solo un cuento? ¿Será que al crecer no solo abandonamos los cuentos infantiles, sino que también fuimos abandonando, sin darnos cuenta, el regalo de la fe?

Si convertirse en adulto es ciertamente difícil, también lo es el vivir la fe de manera adulta en un mundo tan complejo como el nuestro. Problemas no faltan, los familiares, los laborales, los de nuestra sociedad y los del planeta; por todos lados hay dificultades, angustia y la frustración de no saber o no poder resolverlos. Ante ello, muchos se preguntan: ¿En qué ponemos nuestra esperanza? Sin embargo, la pregunta del cristiano no es ¿en qué ponemos nuestra esperanza?, sino ¿en quién? Nosotros no ponemos nuestra esperanza en una cosa, en regalos lindos o bienes suntuosos. Los cristianos ponemos la esperanza en un “alguien”, ese alguien es una persona y esa persona se llama Jesús. Ponemos nuestra esperanza en un Jesús que fue enviado por Dios Padre para divinizar nuestra historia, para llenarnos con su amor y para mostrarnos el camino para llegar al Padre. Y esa esperanza es lo que llamamos “fe”, es la respuesta que damos, impulsados por el Espíritu Santo actuando en nosotros, ante la invitación primera que nos hace el Padre a dejarnos amar por Él. Ante ello cabe preguntarse ahora, como adultos o jóvenes en camino a serlo, ¿estamos dispuestos a responder en profundidad y verdad a esta invitación que nos hace el Padre? ¿Estamos dispuestos a decir sí Padre, es mi deseo que el Niño Dios siga renaciendo en mi corazón, pero dame tu gracia Señor puesto que soy débil y me sigo tropezando como cuando era un niño?

Uno de los textos de la liturgia de la Misa de Navidad dice lo siguiente: “Alegrémonos todos en el Señor, porque ha nacido nuestro Salvador. Hoy descendió del cielo para nosotros la paz verdadera”. La Navidad es una invitación a celebrar la alegría de saber que Dios Hijo vino a vivir como uno de nosotros, que tomó nuestra humanidad entera para mostrarnos que la vida vence a la muerte, que nuestras cruces pueden ser cargadas por nuestro Salvador y que, en medio de todos los problemas, Dios viene a ofrecernos su paz. Celebremos pues la llegada de Jesús y cantemos todos juntos, como cuando éramos niños: “Hoy, nos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor” ¡Feliz Navidad!

Frank Gutierrez Blas, SJ
Estudiante de Teología – Pontificia Universidad Católica de Chile

 

 

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