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Yo viví “Promesas del Asfalto”

Por: Marcelo Mejía, SJ | Tiempo de lectura: 5 min. aprox.
“Yo soy Juan Antampam, Blas Llaguarcos, Bernabé Ladña […]”. Así inicia el poema “Boletín y Elegía de las mitas”, del escritor ecuatoriano César Dávila Andrade, en el que se narran las múltiples formas de abuso sufridas por los pueblos indígenas de América Latina. La idea de que la voz narrativa se dirija al lector en primera persona nos involucra directamente con aquello que se está contando, la historia de un pueblo sufriente, ignorado y lastimado por la garra de la indiferencia. Este primer acercamiento es un llamado de atención a quien lo lee, porque, al hacerlo, se encarnan en el lector los personajes a los que se está refiriendo el poema.

Cuando paseamos por las calles, cuando nos embarcamos en el transporte público, cuando asistimos a cualquier clase de evento social, nos encontramos rodeados de un sinnúmero de rostros, un infinito grupo de otros “Yo”, ansiosos por narrar su propia historia; voces silenciadas que se ahogan en un grito insonoro. Todas estas voces suplicantes claman por un cambio, esperando ser escuchadas. Pude comprobar esto cuando, hace unos días, asistí a un concierto de “RAP” en el centro de Lima.
En un escenario improvisado, instalado en medio de un estacionamiento en el Jirón Cailloma, un nutrido grupo de jóvenes acompañaba a varios de sus compañeros, colegas, o como queramos llamarlos, en una presentación que llevaba por nombre “Promesas del Asfalto”. Llegados de diversos distritos, los participantes estaban reunidos en torno a la tarima esperando a que se anunciara su nombre o el de su agrupación, para subir y compartir con el público sus sentimientos. En medio de un balbuceo rítmico y sugerente, difícil de entender para aquellos que no están acostumbrados a la velocidad con la que estos jóvenes gesticulan las palabras, el ambiente se tornó inusual. Parecía que el espacio se fracturaba, separando el pequeño garaje en el que nos habíamos reunido de todo el mundo exterior. En ese espacio, y en ese momento, aquellos jóvenes eran libres, capaces de expresarse sin temor a ser juzgados por el panóptico de la sociedad. Era su oportunidad para develar las injusticias de las que eran testigos y víctimas. Con sus rimas denunciaban la injusticia social, la inequidad, la falta de oportunidades para mejorar su condición de vida y, como por su forma de percibir el mundo, eran relegados por los demás.

Al terminar el poema, la voz narrativa hace mención al deseo, al anhelo y al sueño de reivindicación de los indígenas oprimidos. Fue allí, en medio del barullo del concierto, cuando sentí que los versos lanzados al aire, las rimas de todos estos jóvenes, se empeñaban en traer de vuelta a mi mente el último fragmento del mismo poema:

“Pero un día volví. ¡Y ahora vuelvo!
Esta tierra es mía,
mía, mía para adentro, como mujer en la noche.
Mía, mía para arriba, más allá del gavilán.
Vuelvo, álzome
¡Levántome del tercer siglo, de entre los muertos!
¡y de los muertos, vengo!
¡Yo soy Juan Atampam! ¡Yo, tam!
¡Yo soy Blas Llaguarcos! ¡Yo, tam!
Esta tierra es mía,
la tierra se mueve con todas sus caderas
sus vientres y sus mamas.
¡Yo soy el indio de América!
Vengo a reclamar mi heredad.
¡Pachacámac!
Aquí estoy, aquí estamos.
¡Aquí estoy!”

Puede resultar provocativo, surrealista e incluso subversivo relacionar un poema que “cumple” con los cánones clásicos, con un trillado grupo de frases lanzadas al aire por un grupo jóvenes vanamente descontentos, como podrían pensar algunas personas; sin embargo, creo que el espíritu que mueve, tanto a la voz narrativa del “Boletín y Elegía de las mitas”, como a todos estos compositores, es común: dar a conocer, desde su experiencia, desde sus propias historias, aquello que perciben como un flagelo que azota y lastima sutil o explícitamente a la sociedad. Se vuelven voces de denuncia que claman en un desierto inhóspito. Gritan, ansiosos de ser escuchados, atrapados en la jaula de concreto en la que hemos decidido aislarlos, al transformar su imagen en el rostro de lo proscrito.
Gracias a ellos observamos cómo se rompen los parámetros de “la normalidad” a la que estamos acostumbrados, y eso es lo que nos perturba, lo que nos hace sentir desorientados. Surge, también, por sus voces levantadas en tono de protesta, anhelando el momento en que las cosas cambien, la invitación a cuestionarnos por nuestra conformidad con aquello que “percibimos como normal”. Michel Foucault pensaba que aquello que es considerado normal en una época determinada, no necesariamente trasciende o debe ser considerado de la misma forma conforme avanza el tiempo. Lamentablemente, podríamos decir que nosotros hemos detenido el tiempo y mantenemos la idea de normalidad sobre aquello que no lo es más. No permitimos que el tiempo siga dinamizando la vida de nuestras sociedades, llamándolas a cuestionarse sobre lo que aún las “mantiene normales y funcionales”, como sí lo hace este grupo de muchachos en su intento de alcanzar ese fugaz momento de audibilidad, en el que procuran construir su propia utopía.

Pensemos en que valorar su voz, escucharla y acogerla puede darnos pistas sobre aquello que sucede a nuestro alrededor y que necesita ser urgentemente atendido. No es sólo la voz de estos jóvenes la que clama ser escuchada; es la voz de miles, millones de hombres y mujeres que trata de escapar de la vorágine en la que se ve silenciada. Dejar escapar ese suave murmullo puede hacer que fracturemos el espacio y el tiempo como sucedió en aquél concierto. Puede ser la oportunidad que nos permita decir “yo vivo Promesas del Asfalto”.

Marcelo Mejía Chávez, SJ
Estudiante de Humanidades – Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
Equipo de pastoral – Parroquia la Virgen de Nazareth, El Agustino.

 

 

Links:
Poema (texto): http://pacoweb.net/Cantatas/Boletin.htm
Poema recitado (Beto Méndez):

Promesas del Asfalto: https://es-la.facebook.com/promesasdelasfalto/

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