Orar en un mundo ruidoso

Jun 4, 2019

Por Sebastián Zúñiga, SJ | Aprox. 5 min. de lectura.

Vivimos en una época en la que nos es complicado estar en silencio: si no es el tráfico, es la televisión, y si no es el trabajo, son los estudios. Además, la tecnología tiene una participación activa en nuestras vidas; si bien ésta nos “descomplica” en varios sentidos, también nos mantiene ocupados, y hasta cierto punto, atados. Se ha vuelto muy común escuchar las frases: “no tengo tiempo”, “no voy a poder”, “me falta el tiempo”, etc. Las veinticuatro horas del día ya no son suficientes, y la semana se vuelve corta para realizar todo aquello que quisiéramos. En septiembre de 2016, se lanzó una campaña en Lima en la que la gente respondía: ¿Qué harías con más tiempo? Hubo varias respuestas en redes sociales con el hashtag #mastiempo como: estudiar, trabajar, viajar, aprender, desarrollar una habilidad, divertirse, dormir. La gente es consciente de la agitación en la que está inmersa y quisiera poder tener más tiempo para sí.

Este constante ajetreo nos ha acostumbrado a escuchar y aceptar todos los sonidos que hay afuera: música, publicidad, tráfico, comercio. Pero ¿qué sucede con el ruido que traemos dentro? El externo tiene un mayor volumen y hace que no nos preocupemos –ni escuchemos- lo que tenemos en nuestro interior. Este ruido externo muchas veces es atractivo y se vuelve melodioso a nuestros oídos: redes sociales, consumismo; en ellos encontramos nuestro refugio, nuestro centro. Simplemente es complicado tener silencio, estar ocupado y tener ruido se ha vuelto parte de nuestra vida. Y esto ha provocado que se dejen de lado los espacios de intimidad y reflexión con Dios.

Mientras escribía este artículo googleé “personas orando”, casi todas las imágenes que aparecían, hacían alusión a templos o montañas desérticas; ciertamente, es muy complicado que nos podamos desplazar a dichos lugares, pero la verdad es que la oración no tiene un lugar específico. Se puede orar mientras nos movilizamos a nuestros trabajos, o durante un break en cualquier parte del día. Porque el centro de la oración no responde a un lugar, sino a una actitud: la de encuentro con el Señor.

Al inicio de este texto mencioné la participación activa de la tecnología en nuestras vidas, ella no solo nos permite comunicarnos o hacer más eficiente nuestro trabajo, sino que puede convertirse en una herramienta de reflexión personal. Vivimos en una época en la que los medios digitales se han vuelto parte de nosotros, es común pues, que revisemos nuestras redes sociales desde el teléfono móvil o computador. En esta dinámica varios grupos han optado por brindar espacios de oración y reflexión por medios digitales, está así –por poner ejemplos- la aplicación Rezando Voy, el sitio web www.pastoralsj.org; y en las distintas redes sociales podemos encontrar una gran cantidad de religiosos y laicos que con sus posts o videos, nos comparten material para hacer un alto y poder reflexionar. Se nos muestra una alternativa a la “oración tradicional”, es posible, entonces, orar en nuestro centro de estudio, trabajo o cuando nos estamos movilizando.

Retomando el tema del ruido, nosotros no podemos desconectarnos del mundo ni dejar de atender lo que está sucediendo, todo ese ruido externo (corrupción, hambre, injusticia, discriminación) debe hacer eco en nosotros, interpelarnos y cuestionarnos. No podemos ignorarlo o descartarlo, se vuelve parte de nuestra realidad y como cristianos, es nuestra misión orar por la problemática que aqueja a nuestra sociedad, país y planeta. Nuestra oración tendrá sentido en cuanto nos sepa poner en marcha y nos dé esa capacidad de salir al encuentro del otro.

En síntesis, la oración es ese equilibrio entre nuestro ruido interior y el ruido exterior, y éste puede ser alcanzado de múltiples maneras, tenemos la libertad de escoger aquella en la que nos sintamos más cómodos, más acompañados, más con Dios. Y tú, ¿cómo alcanzas este equilibrio?

 

Sebastián Zúñiga Acurio, SJ
Estudiante de Filosofía – Universidad Antonio Ruiz de Montoya
Asesor en la Pastoral del Colegio de la Inmaculada.

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