El Amor en Comunidad

14 julio 2023

Por Luis Villacís Enriquez, SJ | Aprox. 5 min. de lectura.

Muchas veces nos preguntamos dónde está Dios. Afortunadamente para nosotros, no está lejos. De hecho, está tan cerca; cada día; que, por ello, lo perdemos de vista fácilmente. En medio de nuestra familia, en nuestro equipo de trabajo o estudios, en nuestra parroquia o comunidad de fe, allí está Dios. Aunque, parezca sencillo decirlo para quienes creemos en un Dios que es comunidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– puede resultar muy difícil reconocerlo.

Es válido preguntarse, ¿cómo puede estar Dios presente en las personas que tantas veces me sacan de quicio, que me han lastimado en algún momento, o con quienes no termino de sentirme cómodo? Seamos sinceros, ¡qué difícil es ser cristiano y vivir el Evangelio con tantos de ellos! ¿“Perdonar setenta veces siete”? ¿“Poner la otra mejilla”? Preferimos olvidar esas palabras de Jesús y, decidimos evitar a aquella persona.

Pero precisamente, en esos momentos difíciles o desafiantes, está Dios invitándonos a vivir en su misterio de amor: en una comunidad fraterna y unida, con nuestras diferencias. Primero, invita a amarme a mí mismo, aceptando mis limitaciones y errores, pues tantos conflictos surgen por no saber ceder o reconocer que mi hermano/a ha visto algo que yo no noto de mí. Cuando aceptamos que nuestro modo de ver y hacer las cosas no es el único, las cosas cambian. Esto no significa perder mis valores ni mis creencias, pero sí enriquecerlas con otras maneras que sólo alguien distinto a mí me puede regalar. Si así lo entendemos, esto sería como un “don”; un don que el mismo Dios nos lo regala.

Segundo, nos invita a amar al prójimo, con quien convivo, con quien comparto un hogar, una tarea o una misión. Dios me invita a amar a esa persona no sólo porque me ayuda a crecer –lo que evidentemente resultaría egoísta–, sino para yo también, pueda  ayudarla a crecer desde lo que soy y con los dones que Dios me ha dado. Desde una perspectiva filosófica, reconocemos que nuestr a identidad se construye de forma “dialógica”, es decir, en diálogo y en relación con otras personas. Y cuánto más valioso es este proceso de reconocimiento mutuo si esa persona me conoce tal como soy, con mis fortalezas y debilidades.

Para quienes deseamos vivir como Jesús, debería ser posible encontrar y generar espacios “seguros”, sin temor al juicio ni al rechazo, pues vemos en Jesús al hombre que miraba con cariño y misericordia a los suyos. Pero no seamos ingenuos, esto puede ser más sencillo –por no decir, conveniente– practicarlo con quienes compartimos de vez en cuando. La caridad fraterna se pone en juego cuando tenemos que hacerlo con quien deja los platos en el fregadero, se olvida de realizar sus encargos, reniega constantemente, etc. Todos sabemos “de que pie cojea” el otro.

Antes que una desgracia o una “carga”, esta persona se convierte en la presencia de Dios en mi vida que me enseña a aprender a amar a los demás como Jesús lo hizo, sin juicio, ni dureza, con suavidad y compasión, en las buenas y en las malas. Tal vez, sólo tal vez, ésta sea una oportunidad para ir haciendo la comunidad que el mismo Jesús constituyó, con personas rudas y testarudas, de mente estrecha y olvidadiza, pero que al final pudieron dar testimonio de un amor que sabe acoger al otro cuando es más vulnerable, animándolos a crecer juntos en un camino que durará toda la vida.

Luis Villacis

Luis Villacís Enriquez, SJ
Estudiante de Filosofía – Univesidad Antonio Ruiz de Montoya
Colabora en el Servicio Social Universitario de la Universidad del Pacífico y en el Equipo Nacional de la red ESEJOVEN

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