¿Cuánto de ti hay en el otro?

27 abril 2020

Por Carlos Alomia, SJ | Aprox. 3 min. de lectura.

Quizá a muchos de ustedes les pase lo mismo que a mí. Diariamente recibo, a través de las redes sociales y los medios de comunicación mucha información sobre esta crisis humanitaria inesperada: “los que más sufren siempre son los pobres”, “estamos haciendo hasta lo imposible para enfrentar esta crisis” “los gobernantes deben dejar de lado sus intereses políticos y partidarios”, “quédate en casa”, “¿cuándo llegará la vacuna del coronavirus?”, “la ayuda no está llegando a mi zona”, “¿cuándo acabará todo esto?”, “¡Dios mío ayúdanos!”.  Son muchas las opiniones, reflexiones e innumerables interpretaciones de lo que estamos viviendo. Sin duda, la realidad nos revela circunstancias de mucha adversidad, dolor e incertidumbre, que como humanidad, estamos aprendiendo a sobrellevar.

Ahora, más que nunca, y en medio de la pandemia, sin querer, tomo consciencia de la importancia de volver sobre nosotros mismos y preguntarnos: ¿Cómo estamos viviendo? ¿Cómo estamos amando? Cuestionamientos que nos hacen reflexionar.

En estas semanas de cuarentena estamos aprendiendo a vivir de otra manera, sabiendo que en estos momentos hay personas que requieren mayor atención: el migrante, el anciano, el niño de la calle, el que más sufre. Seguimos cayendo en la cuenta de que ahora nuestras entrañas ya no se desesperan por quién ganó el último título deportivo de una liga, por la película que se está exhibiendo en el cine, o por compras innecesarias, sino por cuidarse e intentar cuidar del otro. Pero, ¿qué enseñanzas estamos sacando de todo esto?

¿Será que en la fragilidad aprendemos a ser más humanitarios, a valorar la vida, a acogerla como un regalo, a preocuparnos por el otro? ¿Será que la vida que se entrega en el anonimato se humaniza cuando empieza a comprometerse con la supervivencia global? Considerar la existencia desde una entrega solidaria por el otro quizá nos lleve a descubrir las potencialidades que cada uno lleva dentro. “Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt.6, 21). En este contexto de confinamiento, nos puede ayudar prestar atención a las distintas reacciones emocionales y corporales que quizá no habíamos explorado antes, como por ejemplo, la motricidad temporal de nuestro propio cuerpo, la cual, diría Merleau-Ponty, puede desempolvar nuestra “virtualidad”, es decir, la capacidad de actuar de nuestro cuerpo, y abrazar un horizonte de sentido más amplio, gracias al cual, mi cuerpo está más atento a responder a las necesidades de mi entorno y a lo que el otro pueda necesitar de mí.

En este sentido, pienso en tantas personas que trabajan sin descanso por el otro. Se preocupan, lo curan, realizan colectas para brindarle alimentos, acompañan su soledad, lo escuchan, utilizan las redes sociales para visibilizarlo, entre otras acciones humanitarias. Son estos gestos los que nos siguen enseñado que la solidaridad y la colaboración continúan humanizándonos, es decir, trasformando nuestra forma de vivir y actuar, pensando siempre, ya no solo en mi propio beneficio, sino en el de los demás.

En definitiva, la gran enseñanza que estoy sacando, ahora que estoy colaborando en la frontera entre República Dominicana y Haití – por lo cual me alegro y agradezco día a día -, es la importancia de preguntarme cada noche al acostarme, en medio de esta crisis y fragilidad: ¿cuánto de mí hubo hoy en el otro? Sabiendo siempre que, como diría un amigo médico, “la mejor pastilla es confiar en Dios”.

Carlos Manuel Alomia Kollegger, SJ
Maestrillo en la frontera República Dominicana – Haití
Responsable del programa Hogar de Cristo (Dajabón – Wanament)
e incidencia en el Centro Montalvo de Dajabón.

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