De la sed del encuentro a la sed de la justicia

24 noviembre 2020

Por Diego Mantuano, SJ | Aprox. 3 min. de lectura.

Hace algunos meses, durante mis Ejercicios Espirituales, leí un libro titulado: El Elogio de la sed de José Tolentino Mendoza. De inmediato, al leer el título me pregunté ¿Por qué elogiar una necesidad tan básica en el ser humano como la sed? ¿Qué objeto tiene abordar una condición fisiológica que se puede resolver bebiendo agua? A simple vista, las respuestas parecen ser mucho menos relevantes que las preguntas, debido a que apuntan a una acción concreta: dirigirse a la fuente de agua más cercana y saciar aquella sed. Sin embargo, dicha acción solo podría responder de manera parcial a la pregunta por la condición siempre sedienta del ser humano. Porque hablar de la sed es también preguntarse por su origen: el deseo.

Para abordar este aspecto, considero importante identificar tres tipos de deseos. El primero corresponde al deseo que tenemos de encontrarnos con nosotros mismos. Ahora, si bien el deseo proviene de una condición psíquica pulsional, esta no deja de contener un carácter corporal; por ello, existe siempre una responsabilidad fisiológica con las necesidades de nuestro cuerpo. No solo se trata de desear saciarme, sino de responder al llamado corporal en virtud del cual me encuentro y me reconozco como necesitado de ser saciado. Sin hacerme cargo de la sed es probable que me vea mermado en mi desempeño cotidiano. Por tanto, la sed es encuentro con uno mismo puesto que nos vuelca a un deseo siempre insatisfecho y nos hace portadores de una responsabilidad activa con nuestra corporalidad.

Por otra parte, el segundo deseo se enmarca en la necesidad de ser saciados por el Dios de Jesús, que es el Dios de la vida. Encontrarnos con él es mantener en salida permanente de uno mismo. “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed del Dios vivo” (Sal. 42, 2-3). El alma es comparable con aquella creatura de la naturaleza (ciervo) que busca incansablemente una fuente para calmar su sed. ¿Cómo podemos alcanzar esa fuente de agua viva? La figura de Jesús puede ser iluminadora para responder a esta pregunta. Cada encuentro con Jesús es una experiencia es renovador y vivificador. Samaria era una región poco visitada por los judíos, por diferencias étnicas que se remontaban a generaciones anteriores. Los discípulos y Jesús deciden descansar en Samaria para recuperar fuerzas y seguir anunciando la Buena Noticia. El Maestro se sienta a un costado del pozo de Jacob donde las samaritanas iban a sacar agua desde mucho tiempo atrás. Al instante, se acerca una samaritana a sacar agua. Él le dice: “dame de beber”. Sin duda, lo más sorpresivo era la petición de Jesús. La samaritana mantiene una actitud de sospecha y al mismo tiempo de sorpresa por las palabras de Jesús. “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva” (Jn 4, 10). La necesidad de ser saciada lleva a pensar a la samaritana en aquella agua que pudiera saciar por completo su sed. Pero ¿dónde podría conseguir esa agua?

La respuesta se comprende a partir del tercer deseo: el Otro. El encuentro con el Padre y el Hijo nos lleva al Otro. Es en el diálogo con Jesús donde la samaritana descubre la sed del Dios vivo que se encuentra en la relación con otros. Esta conversación restaura el mundo afectivo de las relaciones que hasta el momento se encontraba mermado por el odio y la envidia; en el encuentro con Otros donde reconocemos la sed que tenemos del Dios de la vida, de la justicia y de la paz. Por tanto, puede vislumbrarse una dialéctica de encuentro que tiene como origen la sed. Al volver al fenómeno de la sed, encuentro que Dios me lleva al otro y el otro me lleva a Dios. En ese sentido, la forma inmediata de saciarse en Dios es recuperando y restaurando nuestras relaciones con los demás.

 

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Diego Omar Mantuano, SJ
Estudiante de Filosofía – Univesidad Antonio Ruiz de Montoya
Consejo Juvenil Lima

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