Otra vez es navidad. Tiempo mágico, grato, alegre y nostálgico. Nuevamente navidad y todo se pone de luces. Cobramos, compramos, si da el tiempo llegamos temprano a misa, nos abrazamos, regalamos, comemos y festejamos. La pasamos, normalmente, bien. Gracias a Dios.

Sin embargo, para nadie es un secreto que la navidad, por lo menos culturalmente, ha ido dejando de ser una fiesta de fe para convertirse en un fenómeno comercial. Se trata de una festividad de inspiración cristiana, sin duda, pero cada vez más desvinculada de su sentido original. De la pobreza, el dramatismo y el escándalo del pesebre ha quedado muy poco.

La publicidad anima y constata esta realidad. Objetos rojos y verdes nublan nuestra vista. Dos colores son suficientes para indicar que estamos en navidad. La imagen del niño Jesús, el nacimiento, cada vez pierden terreno ante los copos de nieve, el árbol y papá noel. Comercialmente no es muy correcto introducir elementos que puedan herir alguna susceptibilidad religiosa o antirreligiosa. San Nicolás habrá hecho algo más que repartir regalos, y la corona señala el Adviento; pero estos son detalles que no venden.

La cultura de consumo nos ha dado la mejor receta de navidad: adornos, panetón, pavo, chocolate, y regalos. Para muchos de nosotros, éste será el mejor indicador del éxito de nuestra navidad. Y es que uno podría sentir que ha vivido una bonita navidad a pesar de no haber reparado en ningún momento en el significado del nacimiento de Jesús. Eso queda reservado a los “practicantes”, o, en el extremo, a los curas y a las monjas.


Mientras el mundo celebra con fuegos artificiales la mejor ocasión del año para vender y para sentirse bueno en el momento feeling de los regalos y los abrazos, los “practicantes” nos preguntamos una vez más sobre el espíritu genuino de la navidad, sólo que en nuestro entorno el tema ha cobrado una mayor gravedad.

Sabiendo que somos nosotros mismos parte de lo que cuestionamos, y sabiendo que no necesariamente queremos renunciar a aquellos ritos que nos vinculan con el mundo, a todos los que nos llamamos cristianos nos toca hacernos una pregunta radical. Tendríamos que interrogarnos sobre lo que la navidad y nuestra fe significan hoy para nosotros y para este mundo postcristiano. En todo caso, qué tendría que significar el nacimiento de Jesús en esta cultura que disfrutamos y criticamos. En esta cultura que con inmediatez nos advierte de la llegada de la navidad, y a la vez nos oculta caprichosamente su significado y fundamento.

Quizá deberíamos ser modestos y saber que los cristianos estamos volviendo a las catacumbas, a comunidades embrionarias y silentes –de donde nunca debimos salir dicen algunos en alusión a la alianza de la Iglesia con el poder a partir de su oficialización. De ahí que la navidad ya no sea nuestra -como Wong ya no es de los peruanos. Nos la ganó el mercado, no la patentamos, no hay más que decir. A lo mejor tendríamos que vivir lo nuestro sin conflictos, sin denuncias, sin mártires, buscando la perfección entre nosotros, los “elegidos”.

Pero quizá esta posición sea solo el consuelo de un cristianismo cansado, con perfil de iluminado, al que el mensaje profético y universal de Jesús le parece demasiado ambicioso. Porque de no ser por la evangelización de la cultura, el mensaje de Jesús no tendría el lugar que hoy tiene en nuestras vidas. El Evangelio está lleno de afirmaciones que nos lanzan al mundo, que nos impulsan a las fronteras de la sociedad. El que vive una experiencia vital de encuentro con Dios no puede no comunicarla, no puede dejar de hacer carne lo que generosamente recibió. La lámpara existe para ponerla sobre la mesa.

El tema no parece estar del todo resuelto, da para mucho, pero es algo que los cristianos de hoy no podemos eludir. La coherencia entre lo que creemos y vivimos es capital para nuestra presencia en el mundo, es la constancia de que aquello que vivimos es auténtico y en esa medida es oferta de plenitud para todos los que como nosotros también compran regalos de Navidad.

Ojalá la experiencia del nacimiento de Jesús en la vida personal deje de ser privilegio reservado a algunos “afanosos”. Ojalá el conocimiento de Jesús y su mensaje de amor y libertad siga siendo invitación abierta, generosa y amable. Ya hemos aprendido que la cruz y la espada no hacen buen maridaje.

Deyvi Astudillo, S.J. (Maestrillo). Comunicador. Profesor en el Colegio de La Inmaculada – Lima.


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